Sin importar en que ciudad nos encontremos, basta observar como los seres humanos de hoy vivimos esclavos de los “gadgets” y de las redes sociales, presos de la velocidad inalcanzable. Nos alimentamos de “fast food” y de “small talk”. Mucho bla, bla, bla y poca conversación. Las relaciones son ahora poco profundas y desechables con un “unfollow”.
Ahora, antes de saludar a la persona o de abrazar al amigo, preferimos dedicar más de cinco horas al día en postear vía Facebook, Twitter, Linkedin y celular, notas que atraigan a los demás para aumentar el número de supuestos “seguidores”, síndrome contagioso que evidencia al “nomofóbico”, al “egos”, en busca de la pantalla para evitar la soledad.
Los transeúntes caminan ausentes con los audífonos pegados al oído, en una especie de planeta zombi que nos acelera, nos genera ansiedad, desasosiego y evidente estrés. Antes de esas aflicciones, regresemos al “slow down” para retomar los valores de la comunicación en vivo, a todo color, con calidad y buena compañía, sin el rey de la tecnología portátil.

